22.8.06

El Emplazado




A lo largo de la historia se suceden episodios en que a alguien se le anuncia la muerte como castigo por algún crimen o injusticia cometidos, se le emplaza a dar cuenta de sus actos.

Esta es la historia de un crimen y de su, al parecer, injusto castigo y de cómo gracias a ello el rey Fernando IV de Castilla pasó a la historia con el sobrenombre de “El Emplazado”. El crimen se cometió en Palencia. Un caballero de la corte del rey fue asesinado por rufianes emboscados a la salida de una taberna. Los asesinos no fueron encontrados.

Pasado el tiempo, se encontraba el rey en campaña contra los moros, intentando arrebatarles la villa de Alcaudete. Estando acampado en Martos (Jaen), le presentaron a dos hermanos, Pedro y Juan de Carvajal, que al parecer eran los autores del asesinato de Palencia. El rey, que tenía prisa por llegar a Alcaudete, dictó pena de muerte para ambos basándose solo en indicios y desoyendo las protestas de los dos acusados, que juraban su inocencia.

Para dar escarmiento ante futuros crímenes, eligió además una ejecución terrible: Se encerraría a cada reo en una jaula de hierro forrada por dentro con agujas, clavos, pinchos y cuchillas, y a continuación serían arrojados desde la Peña de Martos. Cuando los de Carvajal supieron la manera de morir tan cruel que el monarca les había reservado le emplazaron solemnemente para que, en el plazo de treinta días, compareciese ante el tribunal divino para rendir cuentas de sus actos.

Al día siguiente los dos hermanos fueron despeñados. Las jaulas con sus sangrientos despojos fueron rodando hasta una explanada en la que esperaban los horrorizados ojos de la población de Martos. A continuación, el ejército continuó su marcha hacia Alcaudete.

Pero al poco tiempo, el rey cae enfermo. Es tan grave su estado que deciden retirarse a Jaen para que Felipe pueda recibir mejores cuidados. Seguro que al paso por Martos, más de uno miró las laderas de su peña acordándose de las palabras de los Carvajales. Quizás el mismo rey sintiera funestos presagios contemplando sus cumbres.

Cuando se cumplió el plazo, el rey había mejorado notablemente de su enfermedad y se encontraba prácticamente recuperado. Bromeaba sobre su estado de salud, se burlaba de los que habían temido por su vida y olvidó el asunto de los dos ajusticiados mientras comía y bebía en abundancia para celebrar su recuperación. Después de la comida se retiró a echarse la siesta.

Viendo que tardaba en levantar, sus criados acudieron a despertarlo, encontrándolo… muerto!. Tal vez, Fernando IV se encontraba con los Carvajales, intentando explicar su actuación ante instancias más elevadas…

Queda en Martos un rollo conocido como "La cruz del Lloro" que señala el lugar donde según la tradición fueron a parar las jaulas con los cuerpos de los dos desdichados hermanos.

4 comentarios:

fridwulfa dijo...

Wow. Me encantan estas historias de maldiciones y castigos divinos. La Historia esta´ llena.

Es igual que la supuesta maldicion que el gran hermano de los templarios franceses lanzo sobre Felipe IV, Marigny y el papa justo antes de ser ajusticiado y mira, en un año todos muertos, la corona francesa en manos de un retrasado (Porque Luis X, muy brillante no era) la linea sucesoria mas que comprometida... Bueno, tan comprometida que terminaron a tortas con los ingleses por el trono...
¿Quien quiere culebrones teniendo libros de historia?

alcaper dijo...

Me encanta la "maldición" de Molay. Por cierto, qué nivel, oye! No sabía que había tenido tantas consecuencias.

fridwulfa dijo...

Pues mira, Jacques de Molay lanza la maldición, maldice al rey, a Marigny y al Papa y dice que en menos de un año los verá en el infierno a los tres y maldice a las generaciones venideras de Felipe IV. En menos de un año mueren los tres.
Felipe IV tenía tres hijos varones y una hija, Isabel, casada con Eduardo Plantagenet, rey de Inglaterra (otra fascinante historia la suya). El hijo mayor de Felipe IV, Luis, muere al poco, su hija mayor queda excluida del trono, su segunda esposa, embarazada por entonces, da a luz a un niño varon que muere el poco tiempo. El trono pasa al segundo hijo de Felipe IV, Felipe V, que reina unos cuantos años pero muere tambien sin herederos varones, el trono pasa a su hermano Carlos, que acaba muriendo sin herederos varones. TRES HIJOS y la linea dinástica de Felipe IV termina, el trono pasa al sobrino de Felipe IV, al hijo de su hermano Carlos, que reina como Felipe VI. Y es entonces cuando entra en escena Isabel, la hija, que reclama el trono de Francia, no para ella, ya que la ley sálica se lo impide, sino para su hijo mayor, Eduardo (heredero también del trono inglés), como descendiente directo de Felipe IV. Ya tenemos el lío formado.
Yo no soy muy dada a creer en leyendas, pero desde luego, poderosa maldición la de Molay. Hay que tener muy cuidado cuando decides torturar y enviar a alguien a la hoguera, está claro.

SO Andres Castellano Marti dijo...

En humano, tenemos la afirmación de la existencia de la realidad espiritual, y a la vez su negación. Sin que tanto los que afirman, como los que niegan, dominen en ningún caso la realidad de lo afirmado o negado. Pues el ser humano en su insignificancia, no es nada con la realidad eterna y universal de todo. No somos nada en tiempo de vida; no somos nada en conciencia de la realidad; no somos nada en nada; y lo que nuestra mente piensa, vive, y expresa, en nada cuenta en universal. Por lo tanto lo que afirmemos o neguemos, puede ser acertado por casualidad, no por certeza.

Pero si tenemos cosas ciertas de las que tanto si se afirman o se niegan son. Se cumplen. Y para que se cumplan no es necesario ser creyente de una creencia concreta; solo es necesario tener fe en uno mismo. Repetimos; sólo es necesario tener fe en uno mismo, y cumplir el rito adecuado.

Siendo lo dicho demostrable, por ejemplo, en la cultura judía, y también en la natural valenciana. En la primera con ejemplos sobrados de la propia historia universal; en la segunda en la callada historia del Tribunal de las Aguas Valenciano. En ambas culturas, conocida una, e ignorada la otra, se cumple la realidad de la justicia por “Emplazamiento”.

Aclarando el nombre de “Emplazamiento” a la realidad por la cual en humano no se pide ni se hace ninguna humana justicia, al ser contemplada toda acción humana como defectuosa, incierta, injusta.
Razón por la cual, cuando se vive una injusticia, no se recurre a los humanos para que se corrija el desafuero; en humano se desprecia todo, y se recurre a la realidad espiritual eterna y real para que decida, con la fe de que su decisión carecerá de toda apreciación humana y será justa y correcta.

Y de aplicarse la formula que conlleva la sinceridad y la fe, tanto si se es creyente, como si no se es, la realidad de justicia se cumple. Los “Emplazamientos” se cumplen. La realidad despiadada de los “Emplazamientos” siempre se cumple. Realidad despiadada que una vez en marcha, ni Dios Para. Pues se cumple en los insignificantes, y en los significados. En las jerarquías y en las plebes. En quienes dicen en las dictaduras y democracias representar al pueblo ante Dios, y en quienes dicen ante el pueblo que representan a Dios.

Lo triste es ver, que siendo dicha ciencia mucho más real que la ciencia de la justicia de los hombres, sólo es mantenida por la raza judía, y por los huertanos naturales valencianos que alientan y dan vida al Tribunal de las Aguas de Valencia.

Y no lo duden; cuando el “Emplazamiento” es justo, siempre se cumple.

So. Andrés Castellano Martí.